EL Rincón de Yanka

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EL CAMINO DE CUARESMA

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martes, 20 de febrero de 2018

❤ EL FARISEO DEL QUE SE HABLA EN LAS SANTAS ESCRITURAS SOY YO MISMO

EL FARISEO DEL QUE SE HABLA 
EN LAS SANTAS ESCRITURAS SOY YO

Jesús vino para poner a una ramera por encima de un fariseo, al ladrón penitente por encima del sumo sacerdote, y al hijo pródigo por encima de su hermano ejemplar. Para todos los farsantes y falsarios que dirían que nunca podrían unirse a la Iglesia porque su Iglesia no era lo suficientemente santa, les preguntaría: “¿Cómo de santa debe ser la Iglesia antes de que usted entre en ella?” (Fulton J. Sheen)
Me parece frustrante cuando la gente habla de los fariseos como si fueran sólo un ejemplo histórico de lo que no hay que hacer.
Algo que no tiene nada que ver con nosotros.
De hecho, muy a menudo, cuando la gente habla de los fariseos, en realidad habla como ellos: “¡Gracias a Dios, no soy como esa gente!”
Sí, es obvio que Jesús no se limitaba a considerar a esos hombres como ejemplos de lo que no hay que hacer. Por ejemplo, muchas veces estaba con ellos. Iba a sus casas. Comía su comida. Perdía el tiempo con ellos, respondía a sus preguntas.

Si la Escritura denuncia a los fariseos, cuando la leo me está denunciando a mí. Como consecuencia lógica, también denuncia el fariseísmo en general, pero lo primero que hace es denunciar mi propio fariseísmo, que sin duda lo tengo. Cuando leo o escucho que el “puñetero” Pilatos se desentiende de la verdad y la justicia, que Herodes sólo quiere ver prodigios, que el joven rico está muy apegado a sus bienes, no me estoy enterando de nada si pienso que eso está escrito para Luis, Yolanda, Antonio o Juan Nadie. La Palabra de Dios me dice eso a mí, porque soy un cobarde que se avergüenza de la verdad del Evangelio a poco que el Mundo me esté mirando, porque le pido milagritos y consuelos constantemente al Señor y me enfurruño si no me los da y porque para librarme de los bienes a los que está apegado mi corazón necesitaría una flota entera de camiones de mudanzas.

Del mismo modo que el principio de la sabiduría es el temor del Señor, lo primero que hace falta para comprender por qué en el Evangelio hay palabras tan duras contra los fariseos, Herodes, los ricos, los soberbios, los que no acogen a los que predican el Evangelio, los que no se visten de fiesta para el banquete del Reino, los satisfechos de sí mismos, los que dicen que tienen fe pero no tienen obras, los que no creen o los que pecan contra el Espíritu Santo, entre otros, es reconocerse a uno mismo en ellos. Como dice la Carta a los Corintios, estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron, y no seáis idólatras, como algunos.

Para entender de verdad lo que es el fariseísmo, hay que empezar diciendo, por obra de la gracia de Dios: el fariseo soy yo. No hay otro camino. O mejor dicho, hay otros caminos, pero son caminos que llevan inevitablemente al doble fariseísmo, al fariseizar fariseando del que hablábamos: “gracias, Señor, porque no soy como estos fariseos”. 

San Pablo lo entendió perfectamente: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero.

Como también decía un lector hace poco, la primera consecuencia de encontrarse con la luz de Cristo es que uno se da cuenta de que es feo de narices, porque ve sus propias arrugas y verrugas. Se encuentra así con la paradoja fundamental del cristianismo: siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros. Dios nos ha amado y nos ha salvado sin que lo mereciéramos. Por pura gracia habéis sido salvados.

No es de extrañar que esa gran experiencia paradójica tenga dos consecuencias también paradójicas: por un lado, un gran amor y una gran paciencia con los pecadores y, por otro, un terrible odio al pecado. Cuando falta una de las dos cosas, es señal de que la paradoja fundamental del cristianismo se ha sustituido por algún tipo de ideología humana, meramente humana, que no puede salvar.

Jesús amaba a los fariseos
No creo que él les hubiera hablado tan duramente si no les amaba. Es más bien como si Jesús les estuviera mostrando su frustración, “¡ya estáis llegando! ¡sólo seguidme un poco más de cerca!”

San Pablo era un fariseo, lo que evidencia que el celo y la escrupulosidad mal dirigidas pueden orientarse hacia un asombroso celo por la evangelización y la santidad.

Por esto creo que es importante que los fieles cristianos pongan atención a los fariseos y a la crítica de Jesús hacia su conducta. Si vamos a la Iglesia, conocemos nuestra fe y ponemos a Dios en primer lugar, entonces todos corremos el peligro de comportarnos como los fariseos. De hecho, podemos estar bastante seguros de que vamos a actuar como ellos en un momento u otro.

Si logramos darnos cuenta de cuándo nuestro comportamiento es similar al de ellos, en sentido negativo, entonces podremos tratar de convertirnos en una persona que observa la fe cristiana con la intensidad y el equilibrio que Pablo mostró y que Jesús alentó.

Teniendo esto en mente, he aquí cinco signos de un fariseo moderno, según las Escrituras:

La levadura del desasosiego
Jesús nos dice que tengamos cuidado “con la levadura de los fariseos” (Mc 8, 15).

Es interesante considerar el papel de levadura o de la fermentación en la fabricación de pan. Comienza pequeña, pero infecta todo el pan. De hecho, una de las definiciones de la palabra fermento es “incitar o provocar (problemas o trastornos)”.

Cuando nos comportamos como los fariseos, creamos problemas entre los fieles. A menudo, nuestras intenciones son buenas. Pero nuestras acciones causan gran malestar, un fermento insano y poco santo en la mayor parte de los fieles. Podemos discernir si el desasosiego es saludable mediante el análisis de sus frutos.

Si el fruto de la “levadura” de una persona es el miedo, el enfado, el desasosiego, en lugar de la paz, el amor, la alegría y el resto de frutos del Espíritu, tenemos que estar en guardia. El Señor no actúa allí donde los frutos del Espíritu no están presentes. Y especialmente, no está presente allí donde el fruto de las acciones de una persona es el temor: “No hay temor en el amor” (Jn 4, 18). Cuando nuestro comportamiento es un fermento santo, lleva a los demás a desear la santidad, a acercarse a Dios y a actuar con caridad.

Jesús, ayuda a que mis palabras y obras lleven a los demás a la santidad y a experimentar a Dios y los frutos del Espíritu.

Expertos en vigilancia
Hay un evangelio que me hace reír a carcajadas cada vez que lo leo. Jesús está caminando por el campo con sus discípulos en sábado, y los discípulos arrancan trigo porque tienen hambre. Los fariseos (¡que debían estar escondidos en los campos!) aparecen e inmediatamente se enfrentan a Jesús porque sus discípulos están violando el sábado (Mc 2, 23–24).

Los extremos a los que llegan los fariseos para decir que Jesús y sus seguidores estaban equivocados son de verdad absurdos. Variaciones de la frase “estaban vigilándole” pueden encontrarse por todas partes en los evangelios. Mientras Jesús está ocupado curando, haciendo milagros y predicando el reino de Dios, los ojos de los fariseos están siempre encima suyo, no para aprender de él sino para encontrar algo que esté haciendo mal.

Rara vez hay un comentario en internet que no sea básicamente “Sí, pero …”. Nos encanta pasar el arado en todas las cosas buenas para encontrar justo esa parte en la que hay algo que no va bien. Nos convertimos en fariseos cuando siempre miramos hacia afuera con un ojo crítico. Nada es nunca lo suficientemente bueno para el fariseo. Y nada merece regocijo, a menos que sea la caída de los demás.

Jesús, ayúdame a fijarme en ti, no como los fariseos, sino como un niño que no quiere más que imitar a su papá. Ayúdame a ver la dignidad de los demás como tu los ves, y a tratar a los demás con respeto y gran amor.

Gracias a Dios no soy como…. (quien sea)
Todos nos acordamos del fariseo de la Escritura que estaba de pie y rezaba diciendo, “Te doy gracias Señor porque no soy como este y este” (Lc 18, 11).

Este fariseo de verdad creía que la oración adecuada suponía reconocer todo lo que hacía bien. Este es el peligro de estar cerca de la derecha: empezamos a creernos algo por ello. Nos fijamos en otros que están haciendo las cosas mucho peor, y asumimos que escapamos de ese camino porque algo de lo que somos nos hace mejores.

Pensamos, mis pecados pueden ser malos, pero gracias a Dios no son tan malos como los de esa persona. Gracias a Dios no soy como ese liberal que todo lo acepta, ese estirado tradicionalista, ese progresista hereje, ese carismático loco, ese conservador atrapado en el pasado o ese católico ignorante.
O incluso estás leyendo esto y pensando, ¡gracias a Dios no soy un fariseo!
El problema con esta manera de pensar, y es evidente en la conducta de los santos, es que la verdadera santidad se fija en lo que necesita mejorar en uno mismo. Y si los santos podían encontrar en sí mismos muchas cosas que mejorar, esta es la actitud que deberíamos tener.

Jesús, ayúdame a agradecerte por todas las gracias que me has concedido en la vida. Ayúdame a ser luz para los demás y a abrirme a lo que los demás tengan que enseñarme.

Relación insana con la autoridad
Es interesante observar que Jesús dice a la gente que se someta a la autoridad de los fariseos. Les dice de “hacer todo lo que dicen” aunque les advierte que no deben seguir su ejemplo (Mt 23, 3). Cuando lo pensé por primera vez, me sorprendí. Ahí está el Hijo de Dios, aceptando la autoridad de los fariseos, porque su autoridad en la tierra representa la autoridad del Padre.

Los fariseos, por su parte, se indignan cuando ven a Jesús actuar con autoridad. Jesús demostraba su poder mostrando qué prácticas eran superfluas y qué era esencial según la ley. En respuesta a la autoridad divina de Jesús, los fariseos planean su muerte. Jesús reconoce la autoridad legítima, pero los fariseos, mientras que están al tanto de un aspecto de la misma, son ciegos a la fuente de la propia autoridad.

Como seres humanos pecadores, tenemos una relación ambigua con la autoridad desde el principio. Es difícil para nosotros reconocer la autoridad de Dios, no digamos la de sus mediadores en la tierra. Es verdad que la rebelión y el cuestionamiento saludable puede ser una cosa buena. Pero abusamos de esta verdad cuando desobedecemos cuando pensamos que sabemos más que Dios o cuando la crítica a los demás se convierte en una obsesión que nos lleva a hacer de la desobediencia un estilo de vida.

Jesús, ayúdame a tener la virtud de la obediencia en mi corazón para que pueda reconocer tu autoridad en la tierra y pueda ser más amable, dócil y llena de caridad.

Exactitud despiadada
En la parábola del fariseo y el publicano, mientras el fariseo se da palmaditas en la espalda, el publicano suplica misericordia. Es una dinámica interesante. El fariseo cree que está bien y que no necesita misericordia. Pero el publicano sabe que está enfermo, y que necesita a Dios.

Esta dinámica interna en uno mismo a menudo se extiende a los demás. Si nos vemos a nosotros mismos como poco necesitados de misericordia, no daremos misericordia a los demás. Si sabemos que necesitamos gran cantidad de misericordia de Dios, entonces extendemos esa misericordia a los demás. ¿Por qué es esto? Porque cuando sabemos que estamos necesitados de la misericordia, nos acercamos a Dios y él nos acuna en sus brazos. Cuando hemos experimentado este amor absoluto e incondicional del Padre, dudamos menos en dar el mismo amor a los demás. Lo conocemos, lo hemos experimentado, y nos desborda.

En todos los corazones crece a veces la frialdad del fariseo. Todos tenemos dificultad para sentir compasión por ciertas personas. Cuando esto sucede, pide ayuda al Señor que te ayude a ver tu propio pecado con mayor claridad, no para hundirnos en la culpa, sino para poder ver tu propia necesidad de aceptar la misericordia de Dios y extenderla a otros.
Jesús, acógeme en tu corazón misericordioso. Quiero ser un administrador de amor y misericordia para los demás; ayúdame a ser como Tú.

Lo opuesto a ser cristiano o a ser discípulo de Jesucristo no es ser pecador, es ser FARISEO:
- No se deja salvar gratuitamente por la gracia de Dios.
- Es cumplidor exigente y riguroso de la ley de Dios. 
- Le cobra a Dios. Se cree mejor que los demás, los juzga y los condena.
VER+:







lunes, 19 de febrero de 2018

🚶 EL CONSEJO DE ANTONIO ESCOHOTADO PARA LOS JÓVENES SOBRE LA LIBERTAD INDIVIDUAL


EL CONSEJO DE ANTONIO ESCOHOTADO 

PARA LOS JÓVENES QUE NADIE QUIERE ESCUCHAR (SPANISH LIBERTARIAN)
🚶
"Conócete, acéptate, supérate". 
San Agustín

"Ten el valor de conocerte, 
la virtud de aceptarte,
la voluntad de superarte".

El Filósofo Antonio Escohotado tiene un mensaje para los JÓVENES. ¿Te lo vas a perder?

- ¿Y los jóvenes qué hacemos?

- Que se las arreglen, que se las arreglen. Decir que les vamos a ayudar... Es lo contrario de ayudarlos, en la práctica. La libertad reclama que cada cual se la juegue. Que piensen por sí mismos.... Les decimos a la gente, eres libre, piensa por ti mismo... Ya lo decía el Oráculo de Delfos y Sócrates.... 

No sólo tienes que buscarte a ti mismo para encontrarte, tienes que pensar por ti mismo. Pensemos por nosotros mismos, asumamos responsabilidades plenas y completas, por nuestras propias acciones e ideas propias. Fomentemos la individualidad libre, creativa y responsable.



Libertad y responsabilidad individual

"Cuando te haces responsable de tus actos, estás muy cerca de la solución de tus problemas. El responsable es aquel que responde por sus actos, se hace cargo de sus consecuencias y aprende de ellas".
Uno de los aspectos mas sorprendentes de nuestra sociedad es la contradicción entre la defensa de la libertad individual y lo poco que la ejercemos. También sorprende lo mucho que se habla de responsabilidad y lo poco que la practicamos. Cuando parecen fuertemente consolidados los derechos del individuo como tal, mas nos aferramos al gregarismo y, lo que es especialmente preocupante, al gregarismo impuesto desde arriba. No solo renunciamos a nuestra individualidad sino que las decisiones que deberíamos tomar por nosotros mismos las depositamos en manos de entes de los cuales, en la mayoría de los casos, no sabemos ni quienes los dirigen ni cuales son sus verdaderos objetivos. Eso si no reiteramos nuestra confianza en personas, instituciones u organizaciones cuyas actuaciones nos han defraudado en el pasado. Así apoyamos a partidos políticos formados por personas a las que ni conocemos, que elaboran unos programas que nunca se cumplen, eso si no te dicen que “los mismos están para no cumplirse” como alegremente explicitaba algún político ya desaparecido. No solo no responden a las expectativas que ellos mismo crean, además son organizaciones endogámicas, cerradas sobre si mismas donde el individuo perteneciente no puede hacer uso de su individualidad sino atenerse a lo que los dirigentes manden y ejemplo de ello tenemos en el Parlamento donde las manos se levantan a la orden del comitre de turno. Pero también el simple ciudadano obedece esas mismas órdenes, pues vamos a votar a sabiendas de que volveremos a ser defraudados y ni siquiera, por lo menos en España, podemos elegir a nuestros representantes, sino a una lista de nombres que pertenecen a personas que no conocemos y cuya única actividad política es la de ser fieles al dirigente de turno.

Lo mismo ocurre con las ong´s, que, en verdad, son og´s, convertidas en instituciones burocráticas con férreas direcciones y donde los individuos que quieren colaborar no tienen otra solución que atenerse a lo ya establecido sin poder salirse del guión. O las organizaciones sindicales, verdaderas maquinarias de poder y ya no solo en las empresa, pues opinan sobre todo desde la mejora salarial a la guerra en el Líbano, que no permiten que ningún trabajador negocie por su cuenta aunque no pertenezca a un sindicato, pese a que la tasa de afiliación de los mismos no llega la 10% de todos los asalariados españoles. Pero, con la aquiescencia de los poderes económicos y políticos se han convertido en los únicos interlocutores reconocidos. Eso si, solo las organizaciones “permitidas” por el establishment, si se intenta crear otro sindicato todo son trabas.

Igual ocurre con las asociaciones de consumidores, clubes deportivos, y cualquier organización imaginable, todas con una fachada democrática de participación del individuo, pero, en realidad sin capacidad para variar nada de lo ya instituido, con lo que nos encontramos con un complejo socioinstitucional que no permite ejercer nuestra libertad por reconocida que esté en los textos legales.

¿Qué hacemos ante esta verdadera dictadura orgánica?, pues nada, porque otro de los problemas actuales es nuestra inacción, nuestra incapacidad, por acomodaticios o cobardes, para ejercer nuestra individualidad prefiriendo que nos lo den resuelto por falso que eso sea. Uno de los ejemplos mas claros al respecto es el de “todo gratis”, queremos que los libros de los escolares sean gratis, que los transportes o las piscinas sean gratis, pero para nosotros, porque en realidad lo que decimos es que paguen los demás, ya que esos elementos os servicios tiene un coste que alguien debe asumir.

Tampoco queremos asumir la responsabilidad ante nuestros actos y así si uno cae en la droga, la culpa es de la sociedad y debe ser esta quién le cuide, olvidando que la sociedad no existe como tal, que no es un ente propio y que quién se droga es una persona concreta que ha tomado su propia decisión y si hay familiares, éstos no lo han evitado en función de sus propias decisiones, sean las que sean. Muy grave es lo que está ocurriendo en el campo de la educación, donde no se forma a niños y jóvenes para ser individuos responsables, sino que se carga, ¡otra vez!, sobre la sociedad la responsabilidad de cuidarlos, mimarlos, no traumatizarlos, palabra estúpida donde las haya, para que se conviertan en unos seres débiles, incapaces de afrontar las consecuencias de sus decisiones, pues siempre hay alguien que le protege incluso en sus errores. Ello conlleva que esa irresponsabilidad esté haciendo de nuestra juventud unos elementos parasitarios, con escasas convicciones, poco conocedores del valor de las cosas y renuentes al esfuerzo.

Estas actitudes se plasman en las encuestas que sobre diversos temas se realizan, siendo significativas aquellas que una y otra vez dibujan el panorama antes expuesto, con escaso interés por el desafío profesional propio, la mayoría de los universitarios aspiran a ser funcionarios “de facto”, o por el sacrificio, casi todos se quejan del coste de los pisos pero ninguno de el de los conciertos, discotecas o marcas de moda, eventos o elementos en los que se gastan un dineral que bien podrían ahorrar para esa tan socorridamente cara vivienda. Simplemente con ello justifican la comodidad de seguir en el nido familiar sin asumir las responsabilidades inherentes a la autonomía individual.

Con estos planteamientos no es raro que la sociedad occidental esté tomando una deriva cada vez mas autoritaria en las decisiones, por mucho que, formalmente, vivamos en regímenes de libertad y ciertas apariencias así parezcan indicarlo, pues la realidad es que nuestra renuncia a ejercer nuestra libertad y responsabilidad individual nos pone en manos de quienes dirigen corporaciones e instituciones aparentemente sociales pero, en realidad, instrumentos de poder de individuos, estos si, que a través de la renuncia de la mayoría a su propia libertad, consiguen sus objetivos sean cuales sean los mismos.




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domingo, 18 de febrero de 2018

⛪ MI IGLESIA DUERME: ¡DESPIERTA!


MI IGLESIA DUERME: 
¡DESPIERTA!
«Despierta, tú que duermes, 
levántate de entre los muertos 

y la luz de Cristo brillará sobre ti.» 
Ef 5,1-20


He llegado a la conclusión de que hace falta un sacudimiento violento. Cuando queremos despertar a alguien que duerme profundamente, hay que sacudirlo con violencia. Y si acecha algún peligro habrá, incluso, que llegar a algo doloroso para que acabe de despertar, para que caiga en la cuenta del peligro en que está. Y ese es, ni más menos, el actual estado de la Iglesia. Muy graves peligros nos acechan, no sólo a la Iglesia, sino a la humanidad entera. La necedad de los hombres tiene pendiente sobre nuestras cabezas una guerra atómica para la que nos preparamos concienzudamente día a día, gastando en ello miles de millones de dólares, que sacudirá, no sólo nuestras vidas sino nuestras creencias. El mundo entero está en convulsión; las viejas estructuras se derrumban; las estructuras políticas, las estructuras económicas, las estructuras sociales, los patrones de moralidad, incluso la estructura familiar. Todo está en crisis. La humanidad busca febrilmente salidas, nuevas fórmulas, e incluso se agarra desesperadamente a cosas tan absurdas como el Apartheid, el Black Power, el neonazismo, el hipismo, los estupefacientes, etc. El mundo está convulso—tanto las naciones como los individuos—: Biafra, próximo Oriente, La República Dominicana, Checoslovaquia, el Congo, Vietnam, Rodesia, Indonesia, los estudiantes de las más famosas universidades del mundo... El mundo está convulso... Y entretanto, mi Iglesia duerme. En el plano local, ante los terribles e inmediatos problemas de hambre, de falta de alojamiento, de desintegración de la familia, de niños abandonados, de falta de empleos, de salarios injustos, de alcoholismo, de drogas, de ateísmo práctico, de sectas, los sacerdotes nos siguen hablando de la misa dominical, de las colectas deficientes, de las goteras del templo, de las dificultades económicas de la escuela parroquial, de la indecencia de las modas...


Yo me digo: Puede ser que mi Iglesia despierte; pero despertará desperezándose lentamente, sacudiendo poco a poco la modorra que envuelve a aquel que duerme profundamente. Y si es así, cuando llegue a estar completamente despejada su cabeza, ya será demasiado tarde. Porque el mundo toma conciencia rápidamente de sí mismo; el mundo se está haciendo, se está estructurando a gran velocidad. En buena parte, prescindiendo de la Iglesia, y en buena parte se ha hecho ya de espaldas a la Iglesia, y aun contra la Iglesia. ¡Y decir que la Iglesia tiene tanto que contribuir a la recta ordenación y estructuración de este mundo!

En realidad tiene la palabra fundamental, y sin ella, a la larga, los hombres no podrán organizarse sino contra ellos mismos. Pero el mundo ya no acude a ella porque la ve dormida, la ve defendiendo lo indefendible, la ve preocupada por infantilidades, por medievalidades. El mundo busca, el mundo investiga, el mundo avanza y no quiere rodearse de gente que está siempre mirando atrás, de gente conservadora, de gente que le tiene miedo a la vida, de gente que defiende ciegamente las tradiciones por ser tradiciones, de gente que, por preocuparse tanto del más allá, se despreocupa del acá, de gente que, en vez de avanzar, prefiere seguir tumbada, durmiendo...


Mucho me hizo pensar el periodista que en una rueda de prensa ante la televisión me dijo una vez: «Ustedes los católicos son la única sociedad que no son lo que son, sino que son lo que dicen que son.» Yo quisiera que este modesto libro fuese una sacudida, aunque pueda parecer un poco violenta, para ayudar a que mi Iglesia despierte. Yo sé que muchos se escandalizarán; pero me preocupa menos el escándalo que estos muchos puedan padecer, que el gran escándalo que ya están padeciendo hace años, muchísimos más, y que, de hecho, escandalizados, aburridos, decepcionados, le han vuelto las espaldas a la Iglesia o la contemplan con ojos de tristeza al ver que se va convirtiendo en una anciana soñolienta.

Pero contra estos «muchos» que se escandalizarán, yo sé que habrá «muchísimos» que se alegrarán infinito de que alguien se haya atrevido a hablar, de que alguien diga públicamente lo que ellos llevan en el secreto de sus conciencias, pero que por una formación deforme no se atreven a pensar o no se atreven a proclamar en voz alta. Yo sé que habrá muchísimos que leerán este libro y descubrirán en él una cara nueva de esa Iglesia que ellos creían dormida y completamente desligada de los problemas de este mundo. Además, el escándalo no lo doy yo, ni lo damos los que como yo nos atrevemos a hablar; el escándalo lo da, actualmente, la Iglesia jerárquica que duerme cuando los demás se afanan, que está tranquila cuando los demás se angustian, que se viste de pompa cuando las gentes no tienen casas para vivir. No me da miedo este escándalo porque es farisaico.

Este es el escándalo que, en grande, hemos dado los cristianos: lo mismo los protestantes, que los ortodoxos, que los católicos. Por eso no temo dar escándalo. El escándalo, en el mundo cristiano, es una institución; porque nuestras vidas, inconscientemente, al ser una grotesca caricatura del Evangelio, son un completo escándalo. Y si nadie nunca da la voz de alarma corremos el peligro de seguir escandalizando al mundo y de seguir, aun inconscientemente, haciendo mofa en nuestra vida diaria y en nuestras instituciones, del Evangelio. Yo quiero ayudar, con este modesto libro, a que despierten todos los que tienen que despertar, sobre todo, aquellos que tienen más responsabilidad. Porque los pueblos «se pudren por la cabeza» y por eso hace falta hablarle claramente a la gente «bien colocada» para que sacudan su modorra. Porque se está haciendo tarde...

Una última palabra. No quisiera que este libro pudiera interpretarse como una rebelión contra la Iglesia. Jamás. Tengo un concepto claro de lo que es Iglesia. La Iglesia, fundamentalmente, es Cristo, rodeado de un pueblo que le sigue. No la identifico con los errores que pueda cometer este o el otro, aunque esté constituido en jerarquía. Yo soy parte de esa misma Iglesia. 

Este libro es, sencillamente, un grito de dolor, nacido de mi amor a la Iglesia. Es un grito de angustia al ver que mi Madre la Iglesia, duerme cuando el mundo más la necesita. Es una llamada anhelante a la Iglesia jerárquica para que no deje que se apague su luz. Sí, es un grito de rebeldía contra ciertos elementos dañinos dentro de la Iglesia; un grito acusador contra todos los que abusan de su poder; un grito contra los perezosos que, por no pensar, por no cambiar, por no esforzarse, prefieren que las cosas sigan como van, aunque vayan mal. Es un grito contra todos los dormilones que descansan en su burguesía espiritual y material, y que serán doblemente culpables si, además de dormilones, son pastores. Es un grito de rebeldía contra los rutinarios y contra los tradicionalistas que defienden lo viejo aunque ya no sirva; contra los que defendieron el Latín hasta última hora, cuando ya no lo entendía nadie, y que ahora siguen defendiendo otras cosas que ellos tienen también por sagradas y que son igualmente incomprensibles para el hombre de hoy; contra los que defienden aún vestimentas y ceremonias que ya no se sabe lo que significan; contra los que se oponen al uso del pan en la Eucaristía cuando lo que actualmente usamos, prácticamente es un producto de confitería, contraviniendo arbitrariamente las palabras de Jesucristo. Es un grito de rebeldía contra los rigoristas que siguen enviando al infierno eterno a cualquiera que se descuide, impulsado por una humana pasión, de la cual, fundamentalmente, uno no es culpable, ya que vinimos al mundo con ellas. Es un grito de rebeldía, en fin, contra todos aquellos que quieren hacer de la iglesia una propiedad privada, una pieza de museo, una droga tranquilizante. Sí, yo confieso que este es un libro adolorido ante tanta incomprensión como he encontrado a lo largo de los años—sobre todo por parte del clero y de la jerarquía—al querer sacar a la Iglesia de su letargo y hacer de ella algo vivo y algo encarnado en los hombres. Ojalá que estas páginas logren más de lo que han logrado mis palabras.

ERRORES Y VERDADES DEL CRISTIANISMO

Antes de nada quiero declararme cristiano. Puede que no lo sea de acuerdo a las normas que en la actualidad son las ortodoxas según las autoridades oficiales. Aunque a decir verdad, como el cristianismo está tristemente dividido en varias grandes ramas, esas normas tienen no pocas variantes. Pero hay que reconocer que en las creencias fundamentales hay bastante unanimidad.


Me declaro de entrada cristiano porque por las críticas que hago del cristianismo, se puede sacar la errónea conclusión de que yo soy un enemigo y de que estoy en contra de él. Estoy en contra de ciertos errores que con el paso de los años se han ido mezclando con sus verdades fundamentales y que en la actualidad muchos creen que son parte de ellas, cuando en verdad son sus grandes enemigos. Pero, por el contrario, pienso que el cristianismo, liberado de sus errores, contiene la única ideología que nos puede sacar de la loca carrera que la humanidad ha emprendido hacia el abismo.


Comenzaré por los grandes errores del cristianismo, que a mi manera de ver, son los causantes de que mucha gente lo mire con desconfianza y lo vea como un enemigo de la libertad de pensamiento y hasta de la felicidad, por las muchas prohibiciones y obligaciones que impone. Efectivamente la libertad de pensamiento tiene que existir, pero esta libertad se termina cuando se encuentra con la cruda realidad que no puede ser cambiada y que por mucho que quisiésemos que fuese de otra manera, es completamente incambiable. Ante un cuatro, como resultado de dos más dos, no hay libertad de pensamiento que valga.

Lo malo es que muchas personas quieren aplicar esta libertad de pensamiento a cosas que son como son y que no pueden ser cambiadas. Un solo ejemplo aplicado a esto que acabo de decir: La humanidad, y en general todo el reino animal, está claramente divido entre machos y hembras, y cuando el cristianismo insiste en la defensa de esta realidad y señala la anormalidad y el desorden que hay cuando no se tiene en cuenta o se la atropella –como cuando se quiere equiparar una pareja normal con una pareja homosexual,—entonces los progres levantan enseguida la voz acusando al cristianismo de opresor de la libertad de pensamiento. Lo que sucede entonces no es ningún atropello de la libertad de pensamiento sino un atropello contra la realidad, cometido por los que quieren convertir en normal lo que es anormal. Y, por supuesto, presuponiendo que hay que tener un absoluto respeto por la persona del homosexual.

Yo admito que el cristianismo en otras áreas ha sido culpable de oprimir las conciencias, pero no admito que se le pueda aplicar de una manera general y rotunda el sambenito de opresor de la conciencia, cuando en muchos aspectos, como enseguida veremos, ha sido más bien liberador de las cadenas tradicionales y filosóficas que aprisionaban la ideología de sociedades de tiempos pasados.
Pero entremos en materia y señalemos de una manera escueta, cuáles son los grandes errores del cristianismo.
Dividiremos tanto los errores como las virtudes en dos niveles: el nivel material y el nivel ideológico. En el primero señalaremos:

-Las guerras llevadas a cabo para defender o conquistar territorios, (incluso aquellas para conquistar Tierra Santa) y las habidas entre los propios cristianos. Todas ellas son un tremendo error y una radical traición contra las prédicas de Cristo.
-La violencia ejercita para imponer la fe; y de este enorme pecado el máximo exponente son las torturas de la Inquisición y las hogueras de los herejes,
-El boato en vestiduras, ceremonias y edificios que muy pronto adoptó la jerarquía.
-La prepotencia demostrada en muchas ocasiones y de muchas maneras por las autoridades eclesiásticas, rivalizando con los poderes públicos en imponer tributos y obligaciones.
-El tráfico y la venta de indulgencias, puestos jerárquicos, reliquias etc estableciendo con ello una especie de simonía institucionalizada.

En el nivel ideológico señalaremos:
-Una idea de un Dios atemorizador, demasiado exigente y muy poco Padre, heredada del judaísmo. Es cierto que los evangelios tratan de dulcificar esta idea, pero todavía conservan mucho de esta rigurosidad.
-La creencia en un infierno eterno y con fuego que es una auténtica blasfemia contra Dios.
-Creencias secundarias como el purgatorio, el limbo de los niños, el juicio final.
-La supresión de la idea de la reencarnación, sustituyéndola por la absurda de la de la resurrección “con los mismo cuerpos y almas”.
-El apoyarse en el innato instinto sexual para tener amedrentadas las conciencias. Sabiendo lo débil que es la naturaleza humana ante este instinto y atribuyéndole, por otro lado, una excesiva gravedad, lograba que la gente se sintiese constantemente pecadora
-Una excesiva intolerancia ante muchas actividades humanas neutras, normales e inocentes, dando la impresión de que se sospecha de que en todo aquello que produce felicidad, hay algo de ofensa a Dios.

En cuanto a las virtudes, podemos decir que si los pecados han sido grandes, las virtudes son mayores. Haremos con estas virtudes lo mismo que con los errores y las dividiremos en virtudes externas y visibles frente a las virtudes relacionadas con las ideas y las creencias.
La primera y más llamativa virtud externa son las miles o más bien millones de obras de caridad que a lo largo de más de dos mil años han llevado a cabo tantos buenos hijos humildes y anónimos de la Iglesia. En la actualidad, cristianos de todas las ramas repartidos por todo el mundo, tienen alrededor de diez mil centros en los que gratuitamente asisten a diario a cientos de miles de huérfanos, pobres, ancianos, enfermos, drogadictos, inmigrantes, mujeres maltratadas o abandonadas, alcohólicos, pacientes de enfermedades como la malaria, el sida o la lepra, y a toda suerte de marginados por la sociedad. Estos centros asistenciales son el contrapeso a la suntuosidad de edificios, ceremonias y ropajes de los que hablábamos anteriormente.

Otro gran favor externo que la Iglesia ha hecho a la sociedad lo largo de los siglos es el de la educación, a través de sus miles de centros de enseñanza, tanto a nivel primario como universitario. La Iglesia. a través de sus monasterios en la Edad Media, fue la que enseñó a leer a los europeos y posteriormente fue la que inició la fundación de universidades en prácticamente todas las naciones tanto de Europa como de América.
Esta educación pertenece en gran parte a los favores invisibles y espirituales que el cristianismo le ha hecho a la humanidad.
Hoy día se acusa al catolicismo de tener aherrojada a la mujer, al no permitirle acceder a puestos dentro de la jerarquía eclesiástica y en particular de mantener cerrada para ella la ordenación sacerdotal. Es cierto que este es un capítulo pendiente que supone una verdadera patata caliente para el buen papa Francisco, con el que tarde o temprano tendrá que enfrentarse.

Pero acusar al cristianismo en general de opresor de la mujer, es cometer una tremenda injusticia o dar muestra de una gran ignorancia o mala voluntad, porque la verdad es completamente contraria. El cristianismo ha sido el gran liberador de la mujer, si comparamos el papel que esta desempeñaba en las culturas de la antigüedad, (en las que era siempre considerada como un ser inferior y posesión de algún hombre, que podía hacer con ella lo que quisiese), con la manera con que fue tratada en el cristianismo.
Es cierto que el cristianismo conservó restos de esta mentalidad, pero desde un principio, basado en las palabras de Cristo, la rescató de esta teórica esclavitud e inferioridad y le reconoció la misma dignidad que el varón. Creo que el mayor bien que el cristianismo le ha hecho a la humanidad es el haber acabado con la idea de que entre los hombres hay castas, y de que unos son superiores a otros, y por lo tanto tienen derecho sobre sus vidas. La idea de Jesucristo de que todos los humanos somos hermanos e igualmente hijos de Dios, fue la revolución más grande que han visto los siglos.

Aparte de esta idea fundamental, otras ideas de Cristo que el cristianismo ha conservado, fomentado y predicado a lo largo de dos mil años, son claves no solo para un buen entendimiento entre los humanos sino para la propia felicidad interna. “Amaos los unos a los otros”; “no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti”; “yo no he venido a ser servido sino a servir”. Lo triste es que a estas ideas les hemos hecho muy poco caso y por ello la historia humana se resume en odios, abusos, injusticias, peleas, sufrimiento y una infinita secuencia de guerras y de muertos.
Otro gran favor que Cristo nos hizo, y que hemos comprendido solo a medias, pero que modernamente estamos más preparados para comprender, es el aviso de que en este mundo hay un ser invisible, muy inteligente pero muy malvado que, junto con otros de su especie, tiene un gran control sobre todos los acontecimientos. Es el mismo o los mismos malvados seres que los gnósticos llamaban Demiurgo y que en todas las religiones se llaman Malos Espíritus. Cristo le llamaba “Príncipe de este mundo” y luchaba contra él y lo expulsaba cuando lo veía poseyendo el espíritu y el cuerpo de algunas personas. San Pedro también nos habla de él y le llama “león rugiente” y san Pablo, corroborando las palabras de Jesús, le llamaba “dios de este mundo”, dándonos además el interesantísimo detalle de que “vive en las alturas”.

En nuestros días estos mismos seres se están presentando de una manera más descarada, adoptando formas más modernas, aunque los que se han interesado por investigar su presencia en nuestros cielos, se resisten a identificarlo con el “Príncipe de este mundo” del que Cristo hablaba y con el que luchaba cuando los veía ocupando y atormentando los cuerpos de sus contemporáneos. Pero son los mismos seres. Este es un tema enormemente importante a pesar de que la ciencia oficial no quiere reconocerlo porque se sale del campo del mundo exclusivamente material y físico en que ella se mueve. Abundo en ello en mi libro Iglesia !despierta!

*En 1968, Salvador Freixedo era un sacerdote jesuita, no de sacristía sino apegado al pueblo, con «olor a oveja», como casi medio siglo después acuñaría el papa Francisco, para escándalo de algunos. Su discrepancia con ciertas cuestiones de la Iglesia le llevaron a publicar "Mi Iglesia duerme" (1968), un libro que él definía como «no apto para católicos satisfechos», que fue best seller en varias naciones americanas. Las consecuencias de la publicación fueron varias: primera, su suspensión a divinis, tras negarse a rectificar y retractarse del contenido del libro; segunda, su separación de la Compañía de Jesús, después de un acuerdo con el padre Arrupe, a la sazón General de la orden; y tercera, su liberación de dogmas impuestos, para convertirse en una persona libre e independiente, deseosa de profundizar en los grandes misterios del hombre y la trascendencia. En "Iglesia, ¡despierta!" (2015), siguiendo la dinámica de otras publicaciones anteriores, Salvador Freixedo insiste en la necesidad de un nuevo aggiornamento, y un cambio de paradigma que coadyuve a una mayor sintonía con el mundo actual y dé res- puesta a muchos católicos insatisfechos con una Iglesia, prisionera de sus dogmas, que no siempre está a la altura de las circunstancias y de los auténticos problemas de una sociedad cada vez más compleja y más dividida por las creencias religiosas, las embestidas laicistas, y las dictaduras de la economía.